Titulando un libro de versos

Tuve en gran estima el conversar con el canónigo Gutiérrez Padial, del cabildo de Granada y buen poeta. Como igualmente recuerdo lo cabal de su profesión de fe –en Cristo, en primer lugar, y en segundo en la poesía. En cuanto a esto, conservo en la memoria un gesto al dictar este consejo: que el escritor debe procurar que un poema de su mano nunca sufra la orfandad de un título adecuado. Aunque cualquiera que haya leído mis versos colegirá que no anduve muy obediente a la observación que he dicho. Y ello seguramente también por un motivo que el lector aún no sospecha: porque mi juventud de entonces no entendía que pudiera producirse un título sin que hubiera una razón expresable y contundente que lo unciera a esos versos. Un prurito que la necesidad me obligó a obviar –y me enseñó- cuando tuve que titular cada una de mis obras: pues no hay en ese frontispicio otra cosa que sugestión intuida, o invitación persuasiva más allá de los umbrales.

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