Nicomedes

Por Juan Gregorio Avilés

Cuando hice amistad con don Juan Gutiérrez, lo atendía ya Nicomedes –entonces, su asistenta. Mantenían ambos un trato a la vez distante y confianzudo. Como obligando con los modos a un respeto y unas formas que su trato permitiría menos alambicados. En El Refugio, Nicomedes atendía las tareas de la casa, cumplía solícita con las indicaciones que don Juan le realizaba. Cuando don Juan, con visitas y allegados, hablaba de escritores granadinos y de versos, Nicomedes tomaba –a media distancia- asiento. Escuchaba con gesto distraído, tal si en el tema no se hallara. Mucho después, ya en la residencia sacerdotal de la granadina Plaza de Gracia, Nicomedes prestaba sobre todo compañía. Preparaba los libros y utillaje de la misa, sobre la mesa camilla en la que don Juan –casi impedido- diariamente celebraba. El final de su vida fue para don Juan momento de grandísima congoja. La única vez que lo vi romper –fugaz e imperceptible, y silenciado al instante- un jipío angustiado de su pena.

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One response to this post.

  1. Posted by Manuel Arredondo Valenzuela on 09/02/2013 at 20:32

    Nicomedes fue una mujer que acompañó a don Juan hasta su última morada, fue una modesta criada que supo estar junto al poeta y solucionarle todos los problemas de índole doméstica que el poeta tuvo en su ya ajada salud. Pero, sin lugar a dudas, Nicomedes no fue como María Luisa. Ambas eran serviciales y admiradoras del hombre y del poeta; Nicomedes desde una timidez honrada y servicial, siempre dispuesta a solucionar todos sus problemas cotidianos; pero María Luisa fue, además de servicial, amable, honrada y sincera, fue algo más; fue la compañera bíblica de un hombre que siempre estuvo solo -quiero decir sin pareja como el matrimonio- y allí estuvo, desde la distancia corta María Luisa, atenta al más mínimo deseo del hombre y del poeta, salvaguardándolo de cualquier contratiempo y apoyándolo con su presencia y su atenta y servicial mirada, sin que se notara. Cuando algunos acudíamos al Refugio en visita y estábamos allí horas y horas, charlando de lo divino y de lo humano, allí estaba María Luisa siempre atenta a prestar el servicio que, con un gesto o una breve señal le hacía el hombre. Fue una mujer a su entero servicio, y sin embargo no era una criada. A veces pienso que fue la compañera, la madre que tan joven había perdido (quedó huérfano de madre en 1935), con tan sólo 24 años, siete años antes de ser ordenado sacerdote. María Luisa era su “otro yo” y con él estuvo a su servicio durante muchos, muchos años

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