Con Ángel Ganivet, en los versos

Por Juan Gregorio Avilés

En la residencia sacerdotal de Plaza de Gracia, de Granada, en el apartamento que ocupa Gutiérrez Padial. Sentado en su mesa de camilla, enfermo, sotana abotonada hasta casi el cuello. Sillones verticales, antiguos de madera, almohadillados en tejido con aire alpujarreño, traídos de su anterior casa de El Refugio. Le recito un soneto de Ángel Ganivet, sin declarar el autor. Escucha ensimismado. Como, en arpegio de tragedia y belleza, conmovido en sus adentros. Replica al final del recitado: de alguno de la cofradía del Avellano, ¿verdad?

LOS GRAJOS

Bajo este cielo pródigo en colores,

en esta vega diáfana, encendida,

dejemos –noble amigo- nuestra vida

pasar, gozando los tardíos amores.

Huyamos los estériles honores,

y sea nuestra gloria no fingida

la rústica beldad en la escondida

quietud de un huerto en paz, entre las flores.

Así dije y mi amigo, contemplando

una nube de grajos en el cielo,

me contestó con sentenciosa calma:

Tarde nos llega el amoroso anhelo.

Esa nube algo muerto está rondando,

y quizá esté lo muerto en nuestra alma.

©

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