José Heredia Maya

Por Juan Gregorio Avilés

Pepe Heredia era poeta de sensibilidad fina, y hombre bueno. Para mí, era todavía más: amigo, y maestro en los versos. Nos presentó un conocido común, un sevillano en tránsito por la capital nazarí. Nuestro primer encuentro, en el ya desaparecido bar Síbari, que estaba en Plaza Nueva. Algún día después, en su casa del Albaicín. Yo le mostraba versos míos juveniles, él los leía –respeto, gusto, magisterio y discreción. Maestro en los versos durante mis años granadinos, y maestro –para siempre- en la amistad. En una ocasión me dijo ‘yo también tuve un maestro’. Después me nombró a Juan Gutiérrez Padial. Cuando esto sucedió, ya frecuentaba yo el Hospital del Refugio, y la amistad y acogida de don Juan Gutiérrez. En una ocasión, lo visitamos juntamente Pepe y yo en la casa del capellán. Sentí que aquella tarde de primavera, y entre celindas del huerto, acontecía una historia perdurable y pasajera. Como corresponde a la belleza. Instante de luz transitoria, como acaeciendo –por una insinuación gozosa- una poética verdad.

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