Nubarrones… un incendio…

Por Juan Gregorio Avilés

Don Juan Gutiérrez amaba su casita de El Refugio. Razones que a cualquiera se le alcanzan: la feble belleza de sus trazas, su jardín diminuto -pero abierto a incultos huertos, y extensos-, su capellanía pequeña y abarcable… Su preciada biblioteca, sus cuadros y sus muebles. Recuerdo aquel estrado de madera torneada, tapizado en rojo terciopelo… Don Juan habitaba su casa, como lugar íntimo y cerrado, acariciador pero riguroso. Se prodigaba en su huerto, como en paraíso abierto a la amistad y a las letras. Pero su clara inteligencia resultaba a veces, para él, previsora y cruel.

Temía, pero sin alarma ni espanto, el día en que no pudiera levantar la capellanía. En que sus ya pesadas piernas y su salud más que estropeada lo inhabilitaran para el desempeño al que estaba ligado el disfrute de la casa del capellán. Su casa y su huerto, desde ya muy largo tiempo… Sopesaba, no sólo la vivienda a encontrar, sino quién hubiera –en ella- de cuidarlo.

Pasado el tiempo, don Juan se estableció en un apartamento de la diocesana Casa Sacerdotal. Un apartamento pequeño. Con dormitorio, retrete, pequeño salón y balcón diminuto. Don Juan apenas se movía. Nicomedes –su asistenta-, en la mesa de camilla a la que don Juan se sentaba, preparaba asiduamente el altar de la misa cotidiana. Le ceñía la estola por los hombros, sobre la desnuda sotana. Frente a él, una parca estantería con volúmenes. A su espalda, entre otros objetos, el busto de la Virgen que fue de la iglesia de Lanjarón, un pequeño crucifijo de pie, y también una fotografía original de Juan Ramón enmarcada con una firma autógrafa independiente, situada al pie de la imagen. En la pared, un gran marco con el nombramiento de hijo predilecto de su ciudad natal.

Cuando el tema apuntaba, recordaba don Juan con tristeza su antigua residencia. Los libros y muebles que –impedido él y trasladado a la residencia sacerdotal- quedaron -¡ay, provisionalmente…!- en el lugar. Sin explicar el motivo, imaginaba a un conocido librero entrando con llave en su anterior hogar, eligiendo a diestro y siniestro los objetos a expoliar… Prefiero imaginar –se lamentaba- que he sufrido un incendio… Pertenencias de las que, después, nunca llegó a saber… Hoy, cabría preguntar qué se hizo del busto aquél de la Virgen, del retrato de Juan Ramón y del crucifijo de pie, de su título de hijo predilecto de Lanjarón… Restos de aquel incendio -que no sabemos si habrán ardido en un incendio ulterior.

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