Mesa redonda sobre Gutiérrez Padial. Intervención de Juan Gregorio

PALACIO DE LA MADRAZA, GRANADA

26 de marzo de 2012

Intervención de Juan Gregorio Avilés

Hace ya muchos años, y el tiempo también es distancia. Seguía yo mis estudios en la Universidad de Granada. Recuerdo con qué reverencia acudía a este Salón de Caballeros XXIV, aquellos días de fin de semana en los que el Aula de Poesía programaba la intervención de algún notorio escritor. Entre estas paredes escuché también las lecciones que el maestro Gil de Biedma dictó sobre el juego de hacer versos. Nunca albergué la esperanza de poder dirigirme a ustedes desde este lugar. Hoy, invitado generosamente por la Academia de las Buenas Letras, recuerdo una ocasión en que este Salón se hallaba singularmente abarrotado. Eran tiempos de devoción popular por la poesía, y el Aula presentaba un número de la revista Litoral. En este estrado, una fila de escritores de cualidad variada. Algunos de ellos compartían el gozo de la cresta de la ola, al arrimo de la Nueva Sentimentalidad. Apenas iniciada la sesión, entre un silencio que por momentos se adensa, en la puerta del fondo se recorta la figura rotunda y poderosa de don Juan Gutiérrez. Con sotana ribeteada de rojo, y emborlada teja pastoral. Afirmando la gravedad de su cuerpo en la leve apoyatura del bastón. Era voz común en Granada que la presencia de Gutiérrez Padial se imponía de por sí, que nunca se podía soslayar. Una inquietud momentánea se apodera de los ocupantes de esta mesa; gestos ostensibles -a lo lejos- de invitación a ocupar un lugar; apretujamiento entre los ponentes. Entre tanto, el público apiñado abre un espacio para que acceda don Juan. Ya en el estrado, entre palabras trufadas de academia, me pareció que la sola mirada enteramente soberana era de él.

Porque don Juan era contundente en sus palabras, hablaba sin concesión –pero sin dogma también. Poseía en su carácter una firmeza no falta de humanidad, y en sus gestos una autoridad que exigía sin imponer. Granada era entonces una ciudad pequeña, que amaba todavía lo diminuto –con fuentes caprichosas y rincones de belleza descuidada, como exhibiendo un desparpajo de pueblo, y una coquetería agitanada y pobre. Era una ciudad, muy pueblo todavía. No faltaban en ella quienes, con mirada estrecha, juzgaban sin antes haber comprendido. En el carácter de don Juan había algo que sólo una cierta grandeza podía reconocer. Más, cuando este carácter de su humanidad tenía un fiel trasunto en la fuerza con la que acometió su pasión por la escritura. Dígalo, con la autoridad que le es propia, el mismo Camilo José Cela quien –en carta de mayo de 1967- celebra la lectura de Debajo del silencio con estas reconocidas, firmes y hermosas palabras:

He leído sus emocionados versos de Debajo del silencio, hondos y honestos como me imagino que usted es. No le duela haber sembrado su corazón en lo más hondo, ni lamente haberlo sentido nacer doliendo en lo más vivo. El corazón está para eso, para levantar violenta y emocionada acta de nuestros días sobre la tierra. A veces se rebela y entonces nace la poesía. Hay una rebelión que estalla en furia –bien lo sé- pero no olvide que hay otra, quizás más contenida y heroica, que florece en la paciencia y en íntima posesión del espíritu. Tal, me parece, indica la lectura de sus versos.

En esta misiva, nombra su autor una de las obras de don Juan que desde los inicios de mi relación con él me pareció destacable –y casi sobrehumana. No porque en ella la humanidad esté superada –sería, casi, como si estuviese abolida-, sino porque en sus versos se contiene al hombre como un exceso de sí mismo, tanto en el espanto del vivir como en el gozo que a veces, esperanzado y secreto, habita el pecho en medio de cualquier dolor. Conversar con don Juan –frecuentar su trato- era gozar y tropezar con el alma –nunca del todo desvelada- de sus versos y de su humanidad. Algo se ha hablado de la semejanza del tono de los sonetos de esta obra, con algunos otros de Blas de Otero. Pero me parece que, sin negar del todo –en algunos de ellos- un cierto aire común, algo los distingue de manera esencial: la experiencia poética, en Otero, llega al lector como atravesando el muro de la metafísica: un muro brumoso y conceptual; de distinto modo, la experiencia que trasladan los versos de don Juan acontece en el alma del lector con la frescura de la vivencia inmediata. Como un soplo, atormentado, de la exuberante vitalidad de su autor.

En una alocución no es posible decir todo. Ni tampoco es razonable el intentarlo. Valgan aquí estas pinceladas sobre la nuda humanidad de don Juan. Pero está también su condición sacerdotal. Algo se ha prestado este dato a la crítica elucubración. Sobre este particular, juzgo inadecuada cualquier visión dualista o dicotómica. No creo separable su poesía de su condición sacerdotal. Pero no porque sus versos sean de temática religiosa, o de intención doctrinal.

Es cierto que algunos poemas, incluso obras, han obedecido a esta inspiración. Baste, a este respecto, con traer aquí dos libros primeros: el Salterio Gitano y A contratierra. Pero don Juan pronto abandonó esta senda en su quehacer literario. Me atreveré a decir que, muy pronto, Gutiérrez Padial encontró el camino de la creación. Así, literalmente. De la escritura como un acto creador. Como una Palabra que consagra al hombre, en su tiniebla interior, tanto como en su claridad. Valga, a favor de ello, el argumento visual que el mismo autor reflejó en la portada de su obra poética recopilada –Entre asombros y gozos, la palabra, cuyo motivo es el medallón en piedra que luce en la fachada de la catedral granadina, y que representa el momento de la encarnación de la Palabra: la escena de la Anunciación. Esta Palabra, como me apresto a decir, don Juan entiende que no es diferente de la palabra poética que –por una obediencia dolorosa al don recibido- nace de él.

Bajo el signo del estro es otra obra crucial de este autor. Una obra de reconciliación y de pleno dominio de la luz. El poemario se abre con estos versos:

 

Palabra mía, que vas

vibrátil de luz y agua

al encuentro de ti misma,

por laberintos de escarcha.

Quién te pudiera insuflar

tanta luz, y gracia tanta,

que el sol naciera en tu frente

y en tus pupilas el alba.

Surtidor de pedrería

montado en trino de plata,

por tu fontana reidora,

palabra mía. Palabra,

fulguración de ponientes,

llamarada en las montañas,

germen del cósmico asombro

inicial en la garganta

de Dios, identificado

con tu aseidad y sustancia.

Nótese la atrevida identificación de la divinidad con la palabra del poeta. Como en un eco que nos retirara hasta el prólogo del evangelio joánico donde se dice –en su versión griega- que Dios era la Palabra. Así, en oración atributiva. Donde el sujeto –gramatical y semánticamente- cae dentro del predicado. Ignoro si don Juan llegó a conceptualizar esta intuición. Pero afirmo que advirtió su atrevimiento. Un atrevimiento de poeta. Una consagración del hombre, por la palabra poética, con un alcance sacerdotal.

Quisiera concluir las palabras para las que la generosidad de la Academia de Buenas Letras, de Granada, me ha concedido esta ocasión. Don Juan Gutiérrez Padial ha hecho don de sus versos a cualquier hombre que quiera acercarse a ellos. Pero sus próximos fueron sus paisanos de esta ciudad. Mucho dio don Juan a esta Granada suya. Pero todavía tiene más que ofrecer. Basta con que Granada se deje querer. Basta que las instituciones culturales de la ciudad, la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento de Granada, su Universidad, sepan acoger –en sus históricos archivos- el legado de don Juan. Ese legado que meritoriamente está recopilando la Asociación que lleva su nombre en Lanjarón. Basta que esta Granada suya esté pronta para la conservación, digitalización y explotación cultural de un interesante legado que Granada debiera saber reunir y conservar. Muchas gracias.

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