Mesa redonda sobre Gutiérrez Padial. Intervención de Manuel Arredondo

PALACIO DE LA MADRAZA, GRANADA.

26 de marzo de 2012

Intervención de Manuel Arredondo Valenzuela

Antes de comenzar esta pequeña charla, quisiera recordar, a un mes del 18 aniversario de la muerte física de don Juan, con estas palabras lapidarias que están talladas en la tumba de Maquiavelo: TANTO NOMINI NULLUM PAR ELOGIUM que, de modo perfecto, podemos asimilar a don Juan, ya que “ningún elogio podrá expresar la grandeza de este hombre”… como poeta.

 Quiero agradecer a D. Antonio Sánchez Trigueros la amable invitación que me ha hecho para estar en esta mesa, yo creo que sin méritos suficientes, a no ser por mi osadía de intentar escribir una biografía del eximio poeta don Juan Gutiérrez Padial, cañonero de pro (así llaman a los naturales de Lanjarón), aunque fuera el gran olvidado de sus paisanos. Creo que es una meta bastante ardua y atrevida para mí, pues, aunque le conocí en los últimos quince años de su vida, no lo fue tan íntimamente como lo conocieron otros, como lo fue el propio Sánchez Trigueros, o Rosaura Álvarez, Lolita Ibarra, Jenaro Talens, Juan Gregorio, Antonio Enrique, Antonina Rodrigo, Juan Alfonso García,… y un largo etcétera que gozaron de su amistad y de su amable compañía allá en la casita del Refugio, en la calle de tan rimbombante nombre: Callejón del Pretorio, sitio donde se juzgaba la poesía que se hacía en la Granada de entonces y de donde salieron eminentes poetas y escritores que luego dieron lustre a esta ciudad, si un día del ‘chavico’, tras aquellas reiteradas tertulias, fue una cuna floreciente de escritores y poetas que hoy lustran y engrandecen a la ciudad. Allí se gestaron muchas obras futuras, muchos futuros brillantes en el campo de las musas Calíope (poesía épica), Erato (poesía lírica), Urania (poesía didáctica) y Terpsícore (danza y poesía coral). De allí salieron vates que hoy día nos deleitan con sus poemas o sus hermosos libros.

Si estoy aquí es porque puse sobre mis débiles hombros la ingente tarea de dar a conocer al hombre y al poeta. Como poeta, todos ustedes conocen su trayectoria y sus hermosos libros, y sobre todo, aparte de leer sus obras y sus poemas y dejarse llevar, sería muy recomendable leer la tesis doctoral de la doctora Dª Matilde Moreno Rivas dirigida por don Antonio Sánchez Trigueros. Ahí encontraremos, minuciosamente expuesto, su eminente aunque breve obra. Pero una vez entendido el poema, quizás sea mejor dejarse llevar por los sentimientos que despiertan al leerlos directamente, sin conocer todos sus intrincados desarrollos, imitaciones o logros lingüísticos del poeta. Su lectura deja un buen sabor de boca, una paz, un sosiego o un escalofrío que llega a lo más hondo e íntimo del corazón, del sentimiento. Porque su poesía es sentimiento, es algo que deja una huella indeleble en quien la lee con calma y gozo. Deja una halo entre agridulce y pacificador que nos ensimisma y nos hace gozar de las mieles del vate. Enseñar deleitando, como pretende en su Salterio gitano (Romancero).

Pero yo estoy aquí para hablar del hombre y lo que estoy elaborando no es una hagiografía, ya se hará cuando entre en el camino de su glorificación beatífica, pero ahora se trata de seguir al hombre, al biografiado. Mostrar al hombre lo más posible a como fue en realidad. Que no fue un santo, ni siquiera un beato. Que tuvo sus dobleces, su ironía, sus luces y sombras. Sus silencios y sus exabruptos. Porque era un hombre fuerte, no corpulento; irónico, socarrón y hasta bastante orgulloso. Y cuando alguien se le enfrentaba, sacaba su ironía y su cabezonería y era imparable. Pero otras veces, cuando el enemigo no era nada para él, sacaba su sonrisa irónica y… ¡ahí queda eso!

He recuperado una parte importante de su biografía que estaba oculta y, sobre todo, creo que he desvelado bastantes cosas que eran ignoradas, incluso por los que mejor le conocieron. Él era bastante reservado para sus cosas personales, lo guardaba todo muy dentro, muy escondido. Tanto es así que nosotros, mi esposa y yo, supimos de la existencia de su hermana unos meses antes de su muerte, allá en la Plaza de Gracia, donde pasó sus últimos años.

Habíamos conocido la existencia de don Juan por medio del libro de Carlos Muñiz, Seis poetas posteriores a García Lorca. Y nuestra sorpresa fue muy grande y admirativa. ¿Quién era este poeta-cura, así y por ese orden, cañonero al que nadie conocía en su pueblo? No había respuesta. Allí no lo conocía ni ‘el Tato’, aunque poco a poco fuimos consiguiendo información. Algunos recordaban que sería el cura Pico, pero que no había vuelto por allí desde hacía mucho tiempo y, además, su familia hacía muchos años que no estaban en Lanjarón. Se había perdido el rastro, la memoria y la presencia física. Pero fue en 1979 cuando ya se formaliza el contacto con el mismo y se empieza a fraguar todo lo que posteriormente tuvo lugar. Fue por indicación propia, la creación del premio, pero a partir de ahí todo se precipitó y se concretó. Se redactan las bases de la creación del premio con su nombre, se determina su ámbito y se empieza la difusión de su convocatoria. Y lo que fue la financiación. No hubo problema don Juan cargó con todos los gastos: 150.000 ptas. de premio y 50.000 ptas. en regalos para el jurado. La paupérrima situación del presupuesto municipal no daba para nada.

Y entonces no había muchos –ninguno- ordenadores y en un ayuntamiento como el de Lanjarón, ni se había pensado en adquirir lo poco que había en el mercado de aquellos años difíciles. Pero hay una máquina, la Léxicon 80 y la Pluma 22 de Olivetti que utilicé con mucha asiduidad y también había lo que se llamó “la vietnamita” para imprimir las muchas cartas que se distribuyeron por todas las partes del mundo. Creo que se escribió un modelo de carta, que después había que personalizar individualmente y enviarlas a sus destinos. Fue un trabajo ímprobo. Cada carta fue destinada, con una copia de las bases del premio, a todas las embajadas de España en los países hispanoamericanos y también a Francia y Estados Unidos; a todas las Diputaciones de España y a otros organismos relacionados con la cultura. También se envió a todas las embajadas que tenían su sede en Madrid con el ruego de su difusión. Y a muchos periódicos, tanto nacionales como extranjeros. Fue una difusión exhaustiva y completa. Y allí empezó a popularizarse el nombre del poeta que hoy nos reúne en esta sala.

Pero a la vez que se realizaban estos trabajos, mi mujer trabajaba con sus alumnos (yo no distingo entre alumnos/as, porque el genérico se refiere a ambos sexos) que leían sus poemas y luego hacían sus redacciones y se carteaban con el poeta. Era un trabajo de difusión y conocimiento de la obra de don Juan y que a él le llenaba de orgullo el saber que, por fin, en su pueblo del alma, era conocido y admirado por aquellos que eran el futuro: los más jóvenes. Y fue generoso con ellos regalándoles libros y su cariño. Y al final, como colofón un poema precioso: Al niño que va a pasar (Villanesca) dedicado “A los niños y niñas de una escuela de Lanjarón –almo tremol de rosas impolutas- regida por Ysabelita Rubio Lozano”.

Y crecía en difusión su nombre y su fama entre todos, sobre todo en Lanjarón, donde muchos hicieron memoria y recordaron a aquella familia que habían sido molineros y que tuvieron un hijo que se hizo cura y que escribía versos.

Nuestros contactos con el poeta se hicieron muy frecuentes en el Hospital del Refugio, donde él simultaneaba su labor sacerdotal –muy escasa-, el cuidado de su pequeño jardín –edén bíblico- y su ingente tarea de poeta y de maestro con muchos futuros escritores y poetas que hoy tienen un lugar en el Olimpo de las letras. Aquí hay algunos significativos ejemplos; otros están por esos lares difundiendo su trabajo, pero también la obra de nuestro vate.

Se propone y se acepta el nombramiento de Hijo predilecto de Lanjarón que sé positivamente le llenó de sano orgullo: había sido profeta en su tierra. Algunos años después estuvo tentado el devolver el nombramiento por un choque frontal con el Ayuntamiento. Afortunadamente pude refrenar su ímpetu porque “unos pocos no podían ser los que vencieran a la gran mayoría que ya tenían y habían recuperado a su hijo más insigne, al Cura Pico, como un gran poeta, sobre todo poeta”. Y la prueba de eso es que algún tiempo después se aprobó el dedicarle un monolito a su memoria y dedicarle una calle céntrica a su nombre. Y así se hizo, aunque por un ayuntamiento de signo político distinto de aquel primero que creó su premio y que terminó por anularlo. Sería un ayuntamiento socialista, y su alcalde José Antonio Ramos, el que levantase el monolito y pusiera la placa con el nombre de POETA GUTIÉRREZ PADIAL a una calle céntrica del pueblo. Ahora tenemos que reconocer que la labor de Fernando Rubio ha dado un impulso con la creación de la Asociación Cultural con su nombre y la reedición del libro de memorias: Lanjarón, historia y tradición.

Pero todas estas cosas las recojo en el borrador –insisto, borrador- de su biografía con detalle y con documentos. Lo que quiero ahora destacar son las aristas y los dobleces de su personalidad como hombre. Fue siempre amable conmigo y con mi mujer, nos recibió siempre, aún después de que el premio ya estuviera finiquitado. Y los alumnos de Ysabel Rubio Lozano siguieron manteniendo con él la correspondencia y la realización de poemas y dibujos que le enviaban, sobre todo, en Navidades y en su onomástica. Y tras su muerte, que el mes que viene se cumplen los 18 años, hay un dibujo especialmente significativo: Un niño con la cara de don Juan reposando sobre una rosa roja sonriendo y ya unido a su perro Pickny. Es realmente emotivo, como en otro dibujo que un niño borra las lágrimas de los demás alumnos porque recuerda que el poeta ya está en el cielo junto a su perro Pickny. Merece la pena verlos entre los documentos que se reproducen en este borrador de biografía.

Y quiero decir que es biografía y no hagiografía.

Don Juan tenía sus prontos y sus arrebatos de ira santa. Podemos comprobarlo en su libro de memorias. Allí fustiga de modo implacable a todos aquellos curas que habían utilizado el templo como centro de mercadeo y de esquilmar las riquezas acumuladas en su templo. Podéis leerlo, es fácil, en el capítulo LA PARROQUIA. En alguna ocasión me dijo, con mal disimulado enfado, que algunos “habían vendido hasta el aire de la ermita de San Roque”. Y era verdad. Tenía razón. Y por eso mantuvo siempre la promesa que hizo de no volver a pisar la iglesia donde lo cristianizaron hasta que se restituyera el esplendor de la misma y que había sido objeto de mercadeo. Y no volvió a pisarla. Quizá lo hubiera hecho algún tiempo después de su muerte si hubiera podido ver el magnífico retablo de la parroquia restaurado. Y sus silencios. También fueron, a mi juicio, significativos y no los entendí entonces ni ahora. ¿Por qué, 48 años después del asesinato de Federico García Lorca no dijo nada más en su libro de memorias? Y es bien sabido que con él tuvo muchos encuentros en Lanjarón, ya que Lorca estuvo yendo al balneario durante al menos, diez años, desde 1924 hasta 1934. Y que se conocieron y se trataron él mismo lo dice. ¿Pero por qué no cuenta nada más? Lorca escribió allí más de un romance y está demostrado que el romance Reyerta, La casa infiel y un poema a San Sebastián tuvieron su primera inspiración en Lanjarón. De Reyerta se conserva un manuscrito de Lorca fechado en Lanjarón el 6 de agosto de 1926 y, aunque sea lucubrando, bien pudiera ser que el argumento base tuviera su origen en algún relato que le contara el mismo don Juan. Cuando se inauguró el actual cementerio de Lanjarón a finales del siglo XIX, el primer enterramiento fue el de un gitano que había muerto en una “reyerta de mozos”, como así tituló originalmente Lorca a su poema. ‘Si no è vero è ben trovatto’. La casada infiel cuenta el hecho sucedido en la vecina localidad de Órgiva, en la cueva de Sortes, y que también pudiera haber conocido el hecho por boca de don Juan. Bien es sabido que Lorca utilizaba para sus obras hechos a los que luego daba la forma que él sólo sabía dar. Darles el halo poético a hechos insignificantes. Y de esta opinión, como se dice en el coro de doctores de El rey que rabió, nadie me sacará, bien pudo ser así… ¡o no! ¿Por qué no dijo nada de ello?

Otros silencios suyos sorprendentes cuando menos, fueron el silencio y crítica a la situación social en que se vivía cuando vino al mundo, no sólo en Lanjarón sino en toda España, y que él sólo recuerda su idilio infantil y… Y el silencio sobre su familia que me sorprendió muchísimo pues me enteré de su existencia tras catorce años de relaciones y por casualidad. Silencios, que por silenciarlos, no dejan de ser sorprendentes.

Tengo que hacer constar también que fracasé en muchas cosas que me pidió y que me hubiera gustado conseguirlas: no pude lograr que ninguna de sus obras fuera publicada por la Diputación, y mucho menos su obra cumbre: Entre asombros y gozos, la palabra. Pero mi influencia, como simple concejal en la oposición de un pequeño municipio no era el mejor aval para conseguir algunas cosas. Y cuando edita este libro de obras completas, ni siquiera era ya concejal. Él así lo comprendió y se rió socarronamente. Y no hubo más.

Y quisiera dejar bien claro que otras personas, mucho más doctas, deberían iniciar y concluir una biografía extensa y real de nuestro amigo. Por mi parte, toda la documentación que he conseguido está plenamente a su disposición.

Bueno, no sabría qué adelantar más en este momento. Quizá después, si así lo estiman, pueden preguntarme algunas cosas y, si las conozco, contestaré hasta donde me sea posible. Muchas gracias.

©

One response to this post.

  1. Posted by Eladia Peralta Mingorance on 02/04/2012 at 03:31

    D. Manuel Arredondo Valenzuela, me encantó el relato de la vida y obra de D. Juan Gutiérrez Paidal, por la simplicidad que es lo más difícil de conseguir, la sinceridad que es valentía de pocos y la confesión tan íntima que lo ennoblece. Siento gran admiración por las letras de España y cuando me llegan tan profundamente, agradezco el placer de éste disfrute. Mis sinceras felicitaciones por éste encuentro. Reciba usted mi afectuoso saludo.

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