El umbral de la memoria

 

Por Juan Gregorio Avilés

Conocí a don Juan Gutiérrez Padial en la casa que ocupaba en el granadino Hospital del Refugio. Acompañado de un común amigo, acudí allí joven y temeroso de encontrarme con una personalidad robusta por su humano temple, y que gozaba de un respeto concordante en el mundo literario que bullía en la ciudad. Aquella casa, que llegó a ser la del amigo, en aquel momento inicial y para mí era escena donde iba a acontecer la presencia de un verdadero escritor. No llegamos a franquear la vivienda. Afable, rotundo y sonriente, vestido con su sotana, don Juan salió a nuestro encuentro hasta el porche. Nicomedes, dijo al ama que –discreta siempre- se ocupaba de las cosas domésticas y cuidaba de él, traiga usted algo para invitar a estos jóvenes. Una coca-cola, una cerveza, o lo que les pueda apetecer. Hablamos de poesía, de su Salterio Gitano, escuché historias de Manuel de Falla, también sobre García Lorca y su familia -historias que, yo tan joven, me parecieron antiguas de por sí-, oí nombres de personas que después llegué a conocer y apreciar. Se habló del premio internacional Juan Gutiérrez Padial, que entonces organizaba el Ayuntamiento de Lanjarón. Al despedirnos, posando una mano en mi hombro, me dijo algo así: joven, le deseo que participe en mi premio y tenga todo el éxito que merece usted. Nunca llegué a participar. No alcanzaría a decir por qué. Quizás -no sé- por razón de algún sentimiento reverencial.

Mi relación con don Juan fue un don de la amistad. Sin embargo, a pesar de las veces que lo frecuenté, nunca llegamos a estar juntos en Lanjarón. Don Juan no se prodigaba por allá. No es cuestión de indagar -si es que la hubo- la razón. Sin embargo, creo que amaba cordialmente su pueblo natal. No sabría decir si el pueblo que es o el que lo acunó y crió después de haberlo visto nacer. Son conocidas sus palabras sobre este particular: Inicié yo mi jornada en la calleja del Caño. Aquí me descargó un ángel, sin consultarme. Mis vecinos, gentes sencillas, creyentes, sin fermento de malicia, me recibieron con apretado gozo de villancicos. No es que me confundieran con el Niño-Dios, al que me adelanté unos minutos tan sólo. Mis buenos oficios de precursor me granjearon el nombre de Juan Bautista. Entré por la puerta grande. Noche Buena de 1911. La tía Isabel Bautista, suegra de Parralicos –ricachón del barrio-, cruzóme por las axilas un pañolón de yerbas. Luego, me suspendió del gancho de una romana. Ocho libras y tres cuartos de carne sonrosada, destarado el pañuelo… Para abundar en lo dicho, debo añadir que todo el tiempo que lo conocí, tanto en el Hospital del Refugio como posteriormente en la Casa Sacerdotal, asistía a nuestras conversaciones –en lugar preferente- el rostro muy humano y sufriente de una Virgen Dolorosa. En su momento, el mismo don Juan me indicó que se trataba de la misma imagen que conoció de niño en su iglesia parroquial, recomprada por él después del voluntario y prolongado expolio del templo del lugar, al que se refiere vigorosamente en pasajes de su obra sobre Lanjarón.

Don Juan obraba siempre, en lo importante y en lo menudo, con gran meticulosidad. Tanto en las pequeñas labores agrícolas que realizaba con sus manos en el reducido huerto de su casa del Refugio, como en el cincelado exacto de sus versos y en la construcción de su prosa –sólida y perdurable, a la vez que dotada de una fluidez llena de gracia. Era, al mismo tiempo, hombre impetuoso y exigente. Su obra sobre Lanjarón también atestigua los rasgos de este carácter suyo.

Así, se conservan listados mecanografiados que don Juan poseía en relación con asuntos tales como estos: haciendas que la Iglesia tiene en el término de Lanjarón del Valle, apeadas por Alomso [sic] Sánchez; pobladores que van a poblar Lanjarón del Valle y a quienes se les han de repartir suertes (24-II-1572); libros de apeo y población (Lanjarón del Valle, 1572); personas recibidas por vecinos y nuevos pobladores de Lanjarón del Valle; carta de obligación que otorgan los vecinos y nuevos pobladores de la villa de Lanjarón, que es en el Val de Lecrín, de pagar el censo perpetuo y parte de los frutos (12 de septiembre de 1574).

También constan sendas misivas remitidas desde el Colegio de la Santísima Trinidad, de las Hijas de la Caridad, en Lanjarón. En una de ellas, fechada a 14 de enero de 1977, sor Isabel Callejón dice así: Muy respetable y estimado dn. Juan: me parece no haberle participado la llegada de las notas y fotos que le envié y hoy lo hago al saludarle afectuosamente sintiendo no pudiese V. encontrar el completo de todos los datos que necesita para su libro, que no dudo ha de ser interesante ¡Con cuánto gusto se los hubiese proporcionado si en mi mano estuviese!

Con matasellos de fecha anterior (15 de noviembre de 1976), la misma sor Isabel dirigió a don Juan otra carta fechada a 9 de dicho mes, en la que expresa lo que sigue: adjunta le remito la nota que me envió y lamento la equivocación que he tenido copiándolo en sitio distinto, a pesar de venir tan bien preparado. Añadiré que algunos años después de fallecida Leocadia (la sobrina ya mencionada de sor Matilde) pusieron este mismo nombre a otra niña, hermana suya nacida unos años más tarde. La Madre Leocadia fue hermana de sor Matilde que como V. sabe era Religiosa en Tudela de la Compañía de María, que por cierto murió en olor [sic] de santidad. Con objeto de reunir más datos he retrasado ésta en contra de mi voluntad, que V. sabrá dispensar, pues está comenzada como verá el día 9.

Esta última carta está acompañada de una hoja con seis cuestiones interesadas por don Juan Gutiérrez, algunas de ellas respondidas por la remitente y otras no. El encabezado dice: datos necesarios para el libro, y las cuestiones alcanzan el siguiente pormenor: a) ¿dónde se hospedó sor Matilde en su primer viaje a Lanjarón? b) ¿en qué medio de locomoción hicieron las Hermanas el viaje hasta Lanjarón? ¿carro, diligencia? c) ¿cuántas hermanas formaron la primera comunidad? ch) ¿fueron con las primeras hermanas sor Dolores Rada y sor Joaquina? d) ¿son de dn. Silverio y de sor Leocadia las fotos que me envía? e) ¿qué parentesco existió entre sor Matilde y la niña Leocadia Carrillo? f) ¿en qué año llegó de capellán al colegio dn. Juan Cuenca? g) ¿en qué año cesó?

Valgan estas referencias para testimoniar la pulcritud del cronista. Pero el libro de don Juan sobre Lanjarón alcanza a ser mucho más. Cuando por primera vez lo tuve en las manos, me vino al pensamiento La Alpujarra, de Pedro Antonio de Alarcón: aquel libro de sabor tardíamente decimonónico que abre, con otros de Ángel Ganivet, lugares arcanos y escondidos a una mirada que en España casi estrena modernidad. Sin embargo, la obra de don Juan alcanza un magistral desenvolvimiento de la prosa sin recaer en los temas propios de la literatura de viajes, ni en el gusto por un localismo portador de esencias secretas, ni tampoco en el tópico noventayochista de la España por descubrir y regenerar. La obra que aquí prologamos, inicialmente fue concebida bajo el título Lanjarón: umbral de mi memoria. Porque en esta obra, don Juan enlaza las cuentas de una historia, en cuya urdimbre indaga y reconstruye el origen y el término de su propio ser. Y así lo muestra en la hermosa cita de Juan Ramón que, en el inicio del libro, consigna el autor: nuestro fin suficiente está sólo donde nacimos, donde nuestra niñez asentó sus reales; y allí sólo, la muerte, cuando nos diga ‘Vamos’ en español, nos parecerá natural y hermosa. Así lo ha reconocido también Fernando de Villena, quien -en palabras pronunciadas en la Academia de las Buenas Letras, de Granada, en un acto conmemorativo del poeta celebrado este mismo año de 2011- habló de que éste es el libro de una vida, una vida que se va recuperando y desvelando con una fuerza parasísmica, con la elegancia poética y el gracejo de un verdadero artista, con todo ese amor que las personas sensibles profesan a un mundo que se ha perdido para siempre.

Cumple concluir aquí las palabras que gentilmente me han sido solicitadas para abrir la reedición de esta gran obra sobre Lanjarón. El universal lector ya ha juzgado sobre ella. En sus páginas se han visto concurrir la impecable maestría del escritor, el genio singular del poeta, el rigor histórico del cronista, y el amoroso aliento de quien en ellas aloja vivos recuerdos de su ser. Con ella, don Juan ha legado un documento de valor incalculable para el conocimiento de la realidad humana, histórica, sociológica y etnológica de las Alpujarras en general; pero nos ha entregado aún más: una literatura de expresividad inusual y brillante, y una vida imbricada en sus renglones para abrazar -cálidamente- al lector.

©

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El presente texto constituye el prólogo para la próxima reedición por parte de la Asociación Cultural Juan Gutiérrez Padial, de la obra “Lanjarón. Historia y Tradición”,

 

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