En el centenario del poeta Juan Gutiérrez Padial (1911-2011)

 

Por Rosaura Álvarez

Hace cuatro años, en este mismo espacio, expuse una serie de reflexiones acerca de la obra de Juan Gutiérrez  Padial. La razón viene avalada por tratarse de un extraordinario poeta, a quien además cupo la gloria de haber nacido en Lanjarón. El tema fue entonces  “El agua en la poesía  de Gutiérrez Padial.” Hoy, en la efeméride de su  centenario, el estudio discurrirá por aspectos  básicos de su vida y obra, de modo que quede esbozado, en la brevedad de una conferencia, un perfil próximo al del  autor. El hecho de que sea yo quién imparta este conocimiento no es fortuito.

En días pasados, recogiendo parte de su documentación,  releyendo sus poemas, me embargó honda nostalgia, pues este gran poeta forma parte de mi propia sustancia artística, hasta el punto de que esta persona que hoy se dirige  a ustedes no sería la misma si en su vida tal escritor no se hubiese cruzado, como amigo, como maestro. A él debo mi primer aprendizaje en el arte del verso. D. Juan –como así le llamábamos- formaba parte de un mismo latir en una Granada que bajo el peso de la dictadura se abría a campos, quizá los únicos, de libertad artística. El grupo era amplio y, aunque con  impronta personal en cada obra, fueron común historia en un traspaso de aspiraciones poéticas. Me basta un recuerdo: mis propias lecturas: Luis Rosales, Trina Mercader, Elena Martín Vivaldi, Gutiérrez Padial, Rafael Guillén…  Ellos serían los  padres de una segunda generación. De ésta, entre los que visitaban a don Juan,  figuran  Antonio Carvajal, Jenaro Talens, José Heredia, Antonio Enrique, Fernando de Villena, José Lupiáñez, Juan Gregorio… y yo misma,  aunque comencé tarde el quehacer poético por anterior dedicación a otras artes.

Atendiendo al panorama artístico de su época, Gutiérrez Padial se enmarca en un tiempo que, visto ya con cierta perspectiva, podemos calificar de esplendoroso en la historia del arte granadino por la cantidad y calidad de sus creadores. Hacia  mitad del siglo xx están en  plenitud  Francisco  Ayala, Ribera, Valdivieso, José Guerrero, Antonio Cano, Carmen Jiménez, Ruiz-Aznar, Martín Recuerda, Francisco Izquierdo  y tantos otros. En el plano poético  hallamos igual riqueza. El crítico Carlos Muñiz  en su antología Seis poetas granadinos posteriores a García Lorca (1973),  agrupa los nombres más significativos del momento: Luis Rosales, Elena Martín Vivaldi, Juan Gutiérrez Padial, José Carlos Gallardo, José García Ladrón de Guevara y Rafael Guillén.

Este año, a don Juan se le rinde homenaje desde diversas  instituciones con motivo de su centenario. Sin embargo, debo manifestar que ha sufrido  largo injusto silencio.  Me consta que es poeta poco conocido, incluso en ámbitos literarios, aunque su obra fuera materia de tesis doctoral defendida  en la universidad de Granada por Matilde Moreno Rivas con dirección de Antonio Sánchez Trigueros: “Aproximación crítica a la obra poética de Juan Gutiérrez  Padial” (1996).

 

Juan Gutiérrez Padial nace en Lanjarón la Nochebuena de 1911 siendo el primogénito de ocho hermanos; familia humilde en la que el padre ganaba el sustento con un molino de harina a las afueras del pueblo. Merece la pena escuchar el relato de su nacimiento, narrado por el propio poeta en su libro Lanjarón. Historia y tradición. “Inicié yo la jornada en la calleja del Caño […] Mis vecinos, gentes sencillas, creyentes, sin fermento de malicia, me recibieron con apretado gozo de villancicos. No es que me confundieran con el Niño-Dios, al que me adelanté unos minutos tan sólo. Mis buenos oficios de precursor me granjearon el nombre de Juan Bautista […] La tía Bautista, […], cruzóme por las axilas un pañolón de yerbas. Luego me suspendió del gancho de una romana. Ocho libras y tres cuartos […], destarado el pañuelo”.  Su infancia transcurrió en el barrio del Hondillo. Con catorce años  ingresa en el Seminario Diocesano de Granada. Sus estudios serían interrumpidos a causa de la Guerra Civil en la que participó y en la que fue herido de gravedad dos veces, llegando a alcanzar graduación de teniente. Finalizada la contienda regresó al Seminario, simultaneando, durante tres años, los estudios eclesiásticos con el cargo de secretario del cardenal Parrado. En 1942, fue ordenado sacerdote, teniendo como primera parroquia Almejijar, pueblo de la Alpujarra.  Durante este tiempo escribe su primera obra, Salterio gitano (1948), interpretación gitana del evangelio. Libro de filiación miméticamente lorquiana, y donde, según la crítica, la belleza de las metáforas o la frescura y ritmo indiscutibles del verso, no alcanzan la honda voz poética, tan  genuina en  posteriores obras. Ejerció después de párroco en Otura, al par que preparaba oposiciones a racionero cantor de la catedral de Granada; destino que ocupó en 1950. Años más tarde alcanza la canonjía; en 1973 es dispensado de sus obligaciones catedralicias por mor de la enfermedad. En el 87 se traslada a la Residencia Sacerdotal, en la cual fallece la madrugada  del 27 de abril de 1994 a  edad de 82 años.  Junto con sus deberes catedralicios, ejerció  de capellán en el Hospital del Refugio, institución cuyos orígenes se remontan al siglo XVI. Hoy es residencia de ancianos atendida por las Hijas de la Caridad. El cargo llevaba aparejado  derecho a vivienda. Casa independiente  que habitara durante tantos años (esquina entre Callejón del Pretorio y Avda. Pablo Picasso), de bella arquitectura  de inicios del  XX, obra del arquitecto Fernando Wihelmi, con jardín y huerto ricos en flores,  frutales y hortalizas regados por pequeña acequia, y que D. Juan cuidaba con amor y esmero, almocafre en mano, sudoroso y gozoso. El lugar guarda sumo interés por haber sido punto  de encuentro para  artistas e intelectuales de toda índole. Pienso en  Emilio Orozco,  Juan-Alfonso García, Gerardo Rosales, Rafael García Villanova, Antonina Rodrigo,  o Nono Carrillo, entre otros, además de los poetas.

Su recia personalidad con rasgos de líder, su gran cultura, su carácter campechano y afable, su integridad, eran mezcla perfecta que le convertía en foco de atracción para los amantes del arte.  Imborrable el tono de  exultante gozo al pronunciar tu nombre cuando acudías a visitarle.

Era su voz,  voz que se oía en el desierto. Sabía lo que era y lo que no era. Decía las palabras con exactitud y contundencia, no rara vez con socarrona ironía o máximas de su propio ingenio. Aún recuerdo aquella tan exacta: “Para que una cosa sea, basta que uno lo diga y otro lo crea”. Su persona trasmitía seguridad. Vital y apasionado,  a la par que hipocondríaco, podía llegar desde la angustia existencial   (tan presente en su obra) hasta el lirismo más fino y tierno, cercano a Lope.  Esta recia personalidad se trasluce en su poema “Mi solo semejante”, de su libro “Debajo del silencio”, que, a su vez,  debe interpretarse como poética.

MI SOLO SEMEJANTE

 ¡No!

        Yo diré lo mío

-yo mío verdadero-.

Jamás en apariencia,

sin influencia.

-El parentesco para los otros,

sólo para ellos,

únicos parientes pobres-.

Yo, comenzado y acabado

en mí,

del todo parecido

a mí, como mi mismo,

Ni estrella ni agua,

ni dolor ni rosa ni hoja…

Nada tendrá que ver en lo que soy.

Esta rosa no es ésa,

no es aquella; ella misma,

pura y fragante

-su total esencia-.

Jamás iré con nadie

-siempre conmigo mismo-.

Sólo soy yo mi solo semejante.

En el diario Ideal (28,IV,94), el día siguiente a su fallecimiento, decía de él el poeta Rafael Guillén : “Le hablaba a Dios de tú porque Dios le había señalado con el dedo. Así, su voz era la resonancia del trueno, aunque su corazón fuese de la materia de las nubes.” Más adelante añade. “Tiempos de posguerra. Y un cura que admirase y defendiese públicamente a un proscrito como García Lorca, sólo era concebible si ese cura se llamaba  don Juan Gutiérrez Padial.”

Con motivo de la presentación de su libro, Lanjarón, historia y tradición envié un artículo a Ideal (25,V,82) del que extraigo algún párrafo. Terminado el libro, D. Juan me llamó para decirme lo que textualmente daba inicio  a ese artículo:

“Rosaura: Ya está el libro sobre mi mesa. Quisiera ir a llevártelo, pero ya sabes que yo no tengo piernas”. Prosigue el artículo:Habría que añadir a las “siete enfermedades todas muy graves” de las que  nos  hablara  C. Muñiz, esta última de D. Juan Gutiérrez: no tener piernas. Y yo pienso con su  “Lanjarón” entre las manos: ¡Cuántos pasos se pierden hacia fuera y cuántos se ganan caminando por la soledad contemplativa de la vivencia! Porque don Juan, que siempre se está muriendo a chorros, es el ejemplo más elocuente de torrente existencial, volcánico, de su otra realidad. Don Juan anda y  desanda por el camino de la esencia y la palabra longitudes infinitas”.

No fue  poeta temprano ni prolífico. Su segundo libro: A contratierra se publica 10 años después de Salterio gitano en la ya histórica “Veleta al Sur” (1958). Eran años de posguerra, con dificultades de todo tipo, sobre todo para publicar. Pero, además ( y creo que es la razón más consistente),  tenía como credo la obra pausada, meditada, revisada una y otra vez hasta engarzar idea y forma en pulcra filigrana. Le siguen Debajo del silencio (1966), Sombra penúltima (1980),  y Bajo el signo del estro (1983). En 1993, editó toda su obra poética, reunida bajo el título de Entre asombros y gozos, la palabra. La obra está dedicada a Lanjarón, con el siguiente texto: “A Lanjarón, mi pueblo, delirio de belleza permanente, con el cariño de mis días lejanos”. Constaba, además, de textos inéditos  que agrupó con el título de Ámbitos siderales.  Edición por él sufragada, como la mayoría de sus libros.  Lanjarón, historia y tradición  (1982), libro espléndido, testamento espiritual, donde lega su acendrado amor por la tierra que le vio nacer. Según sus propias palabras: “parcela singular del Paraíso”. Aunque libro en prosa, donde narra parte de la historia de su pueblo y sobre todo la intrahistoria de sus gentes, posee hermosa carga poética, dado que en la personalidad todo es indivisible.

He subrayado su voz potente, pero hay que precisar que su verbo poético, de incuestionable personalidad, sustentado en una vasta cultura humanística (saber que en el seminario impartiera la Compañíade Jesús), es un auténtico desgarro, un desesperado gritar ante la incomprensión del ser,  la humanidad, del mismo Dios. Batalla sin tregua, aunque a veces nos sorprenda con  poemas de indecible ternura, pero, estos, son  un paréntesis para proseguir en su enconado dolor. He aquí un ejemplo:

 

PRISA DE IRME

                             Señor: no me has dejado,

                             esta tarde, ni lágrimas

                               G.P.

¿Qué habré de agonizar para morirme?

Hoy me borra el dolor. Pero no muero.

En lo mismo que espero desespero.

Tengo firme la angustia. Tengo firme

la prisa de acabar –prisa de irme-.

Mas, si encuentro barquilla, no hay barquero.

Quiero estar y no estar. Quiero y no quiero:

si soy  barro, volar; si estrella, hundirme.

Rueda mi sangre en tromba y torbellino

de enconados anhelos. Desatino,

sediento por llegar. ¿Cuándo ni adónde?

Llamo…Vuelvo a llamar… nadie responde.

Y mientras más se alarga mi camino

más se espesa la sombra y Dios se esconde.

Si atendemos a fechas, a Gutiérrez Padial hay que situarlo  en la generación del 36. No obstante, como hemos podido observar a través de su palabra, lucha por hallar un camino inédito lejos de las corrientes reinantes. Junto a una base puramente clásica, los poetas con los que se siente más identificado son: Unamuno, Machado, Dámaso Alonso, Juan Ramón Jiménez, García Lorca. Pero puedo afirmar que sintió cariño y especial veneración  por el poeta de Moguer. Una fotografía de éste presidía su despacho.   Mantuvo  relación epistolar con la familia e incluso con Francisco Garfias. Fruto de esta relación fue el encargo de escribir el prólogo a Olvidos de Granada. Primera edición en nuestra ciudad realizada por la Editorial Padre Suárez en 1969. Prólogo que fue a la par bello y sabio. Consecuencia, igualmente, de esta admiración es el poema último de A Contratierra: “Arroyo claro”, en el que nuestro poeta dialoga con el poeta onubense  teniendo como fondo el paisaje de Platero. En algún estudio se incluye también como influencia a Rubén Darío. Sin duda que habrá  razón que lo avale. Sin embargo, por las largas y enjundiosas charlas que con él mantuve sobre poesía y poetas, sé que Darío no era santo de su devoción. Entre poetas más coetáneos  se escuchan ecos de Miguel Hernández y  sobre todo de Blas de Otero.

Estando ya en la Residencia y muy enfermo acomete la ingente tarea de editar la obra completa. Siento honda satisfacción de haber colaborado en ella con dos pequeñas aportaciones: la primera, conseguir que Paco Izquierdo se ocupara de parte de las ilustraciones. La segunda, una vez editada, se piensa en nombres prestigiosos de la literatura para enviarla. Mi amistad con el que fuera catedrático en Granada y presidente de la Real Academia Española, don Manuel Alvar, venía de lejos, no por razones literarias  sino pictóricas, por lo que de inmediato le facilité la dirección. Alvar escribió  sabios artículos sobre la obra del canónigo granadino. De esta amistad habla don Manuel en su primer artículo, ante la extrañeza de haber vivido en Granada 20 años y no haberse conocido.  Se expresa así: “Más de veinte años de proximidad y creo no conocerlo[…] y sin embargo, hay ofrendas a amigos comunes, incluso muy próximos”.

La razón hay que buscarla en dos hechos: el primero el alejamiento del poeta de la vida social. Aunque por los años 50 había participado en las actuaciones de Versos al  Aire Libre, el resto de sus días los pasó en la soledad de su casa  y sus poemas. El segundo, los alejamientos de Granada de Alvar por motivos de investigación lingüística. 

Los artículos fueron publicados en Blanco y Negro de  ABC. De ellos transcribo parte. En el  titulado “Para abrazar a los hombres” (31,VII,94)  dice: Entre asombros y gozos, la palabra  es el tributo al maravilloso instrumento que nos sirve de comunicación, pero en Gutiérrez Padial la palabra no es el flatus vocis con el que se cubren las cosas o la apariencia de las cosas, es la identificación ontológica del ser y del saber”.

En otro, “Al habla un hombre” (7,VIII,94): “Espléndidos los sonetos de Gutiérrez Padial  (Comba de piedra verde, Tú ,el quevedesco  El molde de mi sombra y tantos otros) que hacen pensar en el barroco de sus tierras granadinas, pero no en la luminosa claridad de Pedro Soto de Rojas.  Contraluces, noche, temores. Poesía que va muy a contrapelo con lo hoy se hace, pero que nos da la talla de un alto poeta.” 

Con respecto a las influencias, en  ese mismo artículo  nos dice: “Iba leyendo sus textos y me decía Unamuno, León Felipe” Más adelante prosigue: “leyendo estos desgarradores poemas (en prosa y verso) pienso en los viejos místicos alemanes y flamencos, no en los nuestros, y me acuerdo del maestro Eckhart, en [sic] Juan de Rusbroc, en Kempis.” Prosigue: “En  A contratierra  se plantea ya lo que va a ser toda la poesía que después nazca: La humanidad lacerada y doliente. El primer poema de Arroyo claro es bellísimo, pero desgarrador  me viene el recuerdo de Cero, de Pedro Salinas. Se logran unos versos definitivos: “Pero un hombre es un hombre/ y no quiere morir […] Sólo hay un hombre, hecho a la medida de su propio dolor y su indigencia  (sin duda, Alvar ha confundido el título. Se trata del primer poema de Debajo del silencio).  Insiste el académico en los ecos de León Felipe y Unamuno en estos otros  versos: “Es forzoso perder en este juego/ y caminar con ademán de ciego./ ¿los ojos? ¡Ah! Para seguir llorando./ Hurtar la frente al entresueño blando,/ morir de frío y apagar el fuego…/ ¿Hasta cuándo, Señor? Dime, ¿hasta cuándo?”.

En el perfil de Gutiérrez Padial hay dos rasgos fundamentales que lo definen. El primero, el sentirse ante todo y sobre todo poeta, el segundo, sacerdote. De la mezcla de ambos nace esa poesía original y auténtica  que le impide mentir y mentirse, panorama arduo que le hará decir: “Hacer poesía lírica es tarea de sangre”.

Los temas  no difieren de los de un poeta lírico si se exceptúa el tema amoroso del que no deja constancia. Serán  Dios, el hombre, el tiempo, la muerte, más uno específico y con mayúscula:la Poesía.

Con respecto a Dios nos aparecen versiones distintas y distantes. El Dios de Nazaret, niño, dulce, está presente en Salterio gitano  y en poemas religiosos, de forma muy hermosa en el villancico.  El otro Dios, nos lo presenta con tintes de tragedia, un Dios al que se enfrenta, con el que lucha, con el que no puede comunicarse, pero también es el Dios Creador ante el que se rinde y acoge.  El libro donde mejor se aprecia esta última relación es  Bajo el signo del estro.

Con respecto al hombre su visión es negativa, nos presenta a un ser dañado, infeliz, que se siente impotente ante Dios. Pero capaz de redimirse a través de la creación artística, de la palabra poética, de la fe.  En el prólogo a la obra completa, el poeta y amigo, Juan Gregorio, nos dice: “No es, sin embargo, la derrota el tema de estos versos, sino la grandeza de la salvación. En el contraste con lo humano crece el gozo por lo divino”. A continuación nos ofrece estos versos inéditos del poeta:

“Penado estoy

por arrojarle al barro lo que soy,

lo que de barro me dio, lo que no quiero.

Siento crecer la dádiva que espero

y mi desesperanza al viento doy.”

El otro gran tema es la Poesía dentro del poema. Dialoga con ella, la busca, la reprende… Es decir, hace metapoesía.

Como consecuencia de esa lucha entre el ideal y la experiencia  a lo largo de toda su obra hallamos siempre la contradicción (fiel espejo de la naturaleza humana). Ello se muestra con exactitud en la forma, donde será la antítesis  la figura retórica, quizá, de mayor peso, junto a la hipérbole. También el léxico se ajusta con vocablos durísimos de angustia ante la incomprensión o miseria del ser humano, ante la muerte. Así, putrefacto, bazofia, proscrito, zarpas,  blasfemia,  etc.

En cuanto a formas métricas, Gutiérrez Padial es un clásico que nunca se aparta del verso medido, y que abunda en los nobles moldes del romance, soneto o villancico.

Colaboró en varias revistas de prestigio como Caracola,  Litoral,  Cuadernos del Ágora  o Poesía española. Pero a partir de su apartamiento del mundo, el mundo comienza a ignorarle.

No debo terminar sin hablar antes de la relación con su  tierra.  El amor a ésta  fluye con un inmenso bagaje de nostalgia. El descanso al que aspira en su titánica lucha, la luz que le guía, es la claridad de su infancia, el paisaje de la niñez. El agua (esencial en estos predios)  como signo de salvación es clave  para entender su meta final. En el prólogo a Debajo del silencio nos lo expone de manera bellísima en  el cierre de éste:

 “Bajo mis pies, casi dentro de mí, palpita un caudal potente. Agua nueva reciente, intocada. Y la siento, y la deseo, y la busco. La necesito… ¡Las doce! Dejadme ahora. Otro día volveré gritando: ¡Aquí, aquí está el agua!”

Esta revelación es de capital importancia para conocer el rango que el agua, como símbolo de felicidad alcanzada y, a la par,  imagen de su propia tierra, ocupa en  su obra.  Y, sin embargo, puede causar extrañeza que éste no vuelva a Lanjarón en un periodo de 30 años. Pienso que la presencia física en ciertos procesos amorosos no es del todo determinante, es más, cuando el amor alcanza rango de sublime, como creo que es el caso, puede existir cierto miedo a que la realidad lo desfigure. Para esta apreciación me baso en el capítulo de su Lanjarón donde narra, con dolor indecible, las tropelías que en el terreno urbanístico y sobre todo artístico  se han perpetrado  en su pueblo.

Debo terminar. Su perfil es riquísimo en rasgos. Imposible de abarcar en el breve espacio de una charla.

Sus amigos compositores, Ruiz-Aznar, Juan Alfonso García,  Ricardo Rodríguez, Germán Tejerizo,  amantes de su palabra, han musicalizado  varios de sus poemas, algunos interpretados por la soprano Inmaculada Burgos y archivados en Radio Nacional de España.

El Ayuntamiento de Lanjarón le nombró hijo predilecto. También  creó el Premio Internacional  J. Gutiérrez Padial de Poesía que, por razones que desconozco, pasó  a llamarse más tarde Premio Ciudad de Lanjarón y que, por otras razones, que  también desconozco, hoy día no existe. Tras su muerte, cerca del río, se erigió una lápida conmemorativa con el hermoso soneto “Río anónimo”.

Mas, justo es decir que tras cierto olvido, en la actualidad, por el esfuerzo de personas e instituciones, se está restituyendo su valía al lugar que le corresponde. Amigos queridos de D. Juan, como Manuel Arredondo y su esposa, Isabel, gestionaron que una calle de su pueblo llevase  el nombre del poeta. Otro ejemplo es  la  recién creada Asociación  Cultural  Poeta Juan Gutiérrez Padial con sede en su “parcela singular del Paraíso”. Esto no habría sido posible sin la colaboración del Excmo. Ayuntamiento, con ediles comprometidos, su alcalde a la cabeza, Mariano Ruiz, o su concejal de cultura, Juan José Gallardo, y sobre todo el tesón y buen hacer de Fernando Rubio de quien partió la idea, aunque mi deseo fuese restaurar de nuevo el Premio Internacional J. Gutiérrez Padial de Poesía.

Deseo terminar con el villancico  “Pecho de la Virgen” recordando que nació el día de Nochebuena. Fue puesto en música por su amigo y  maestro de capilla en la catedral de Granada, eminente compositor Valentín Ruiz-Aznar.

©

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Conferencia pronunciada en Lanjarón. Curso de verano de  la Universidad de Granada. Agosto de 2011.

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