Gutiérrez Padial rinde homenaje al Barroco

 

Por Juan Gregorio Avilés

En 1984, la Universidad de Granada publicó una Antología Poética en honor de Soto de Rojas. La participación en este volumen requería la doble condición de estar vivo y haber nacido en Granada. El segundo requisito resulta banal, por la facticidad escueta que comporta. Sin embargo, lo de estar vivo deja bastante más que hablar.

La aportación de Juan Gutiérrez Padial a este volumen, consiste en un poema en arte mayor, titulado Cristo-Impotencia. Un examen aparte merecería su construcción métrica en endecasílabos y alejandrinos, con las fuertes modulaciones que les imprime la forzadísima obliteración de cuasi obligadas sinalefas (así, en el alejandrino inyéctanos tu sangre en ascua, en bebida).

Pero lo que aquí quiero traer es el descarnado color negro y ocre de sus descripciones e imágenes:

(…)

Cristo-Impotencia, corazón varado,

rabiosa escocedura, oscuridad sin término,

solivianto creciente, demencia de chacales

que el cuajarón ventean entre fecales ráfagas.

(…)

Pon tu divinidad de tierra opaca

en bandera de paz.

                             Y, en paz la carne,

ya retoñada de su estercolero,

inyéctanos tu sangre en ascua, en bebida,

en brisa montaraz de camposanto.

(…)

No puedo compartir la opinión de que en versos como estos haya tremendismo, ni tampoco voluntario empobrecimiento del lenguaje. Diría -por contra- que en ellos el brillo del lenguaje se reconcentra hacia el negro, como una neutra masa cósmica que marcara la implosión y el nacimiento de las estrellas. Es una marca del Barroco. Del mejor Barroco: el que no juega; el que penetra la seriedad del drama para encontrar en su centro una llama perenne y salvadora. Invito al lector a comparar la impresión que deja la lectura de este poema, con la que producen las Postrimerías de Valdés Leal en el sevillano Hospital de la Caridad. Como algo terrible que brilla desde sus adentros: lo sagrado que acontece en su doble faz de terribilidad y fascinación.

Sé cuánto amó don Juan Gutiérrez este poema. Y pienso que tuvo su razón. Por su fuerza y calidad contrasta con lo que otro muy distinto escritor tituló en el mismo volumen Égloga de los Rascacielos, cuyos primeros insípidos versos dicen sólo así: lamentaban dos dulces rascacielos / la morena razón de su desgracia, para –a partir de ellos- desarrollar lo que no pasa de ser un juego escolar que muestra ignorancia tanto respecto del garcilasismo como del alma vigorosa del Barroco. Tal vez fuera cosa de la –entonces- juventud del autor. Y es que el estar vivos –como el sufrir la experiencia barroca- es cosa de reciedumbre, nunca divertimento o aspiración de juventud.

 © Juan Gregorio Avilés

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