Ámbitos Siderales

Por Antonio Enrique

Siento predilección por los libros fallidos. Todo escritor habría de poseer una carpeta con los libros que no llegaron a realizarse; la carpeta llevaría un rótulo que dijese: cementerio de infantes. Los libros fallidos son aquellos que se emprendieron sin necesidad vital, o bien, por distinto cauce, los que pasaron sin una sola crítica ni comentario epistolar tan siquiera. Libros, en suma, que vivieron poco. Estamos ante un poeta de palabra poderosa, porque lo animaba un fuego interior que, quienes lo conocimos, a don Juan, sabemos que era maravilloso, porque ese fuego nos arrastraba hacia sí, como ocurre con la mariposa para con la llama. Ámbitos siderales es un libro póstumo, porque se imprimió sin autonomía, incurso en su obra completa en verso, y que su autor, sabiendo ya lo poco que le quedaba de vida, lo dejaba más bien en testamento. Y es un libro fallido, al menos en apariencia. Los libros fallidos son los más interesantes, no hay que temer a las palabras. Los que más revelan acerca de su autor.

Más bien es Ámbitos siderales la bodega de un navío en la que van depositándose los restos de velas y demás elementos de navegación, en una larga travesía. Ámbitos siderales empieza con un poema fechado en 1972 y termina con otro de 1992; o sea, son poemas, algunos de ellos, que, o bien no cupieron en el libro entonces -en esos veinte años- en elaboración, o bien se escribieron por algún motivo concreto, a golpe de necesidad emocional. Son trece poemas. Y la circunstancia de que todos –menos dos- vayan dedicados nos pone al tanto de que son poemas que no cabían en el libro en curso y que por tanto fueron escritos por un estremecimiento tal vez pasajero, pero con la emoción de la amistad por delante, pues tal profusión de dedicatorias no permite pensar otra cosa. El libro como tal fue pensado ya desde la década de los 60, pues posee un “Antemural” explicatorio donde consta la década, omitiendo el año exacto. Probablemente corresponde a un proyecto de libro que fue demorándose irreversiblemente, hasta ser retomado muchos años después el título, que por su serenidad y amplitud exigían mayor y más constante esfuerzo. Y tal vez fuese ese esfuerzo en consonancia con la serenidad y amplitud del título lo que le retrajo.

Ámbitos siderales comienza con una silva en versos blancos, inspirada en los arpegios musicales que el gran Ruiz-Aznar arrancaba al órgano, lo que la convierte –por la expansión de su fuerza rítmica- en una oda, y acaba con una así titulada sonata (“Sonata bíblica”) de tan solo ocho versos, los dos últimos quizá más hermosos que nunca escribió. Dos versos turbadores, de una belleza solemne y triste: “bajó el cielo a la tierra, enamorado, / y en un beso de fuego abrió la rosa”. El cielo besa a la tierra y de tal beso nace la rosa, esto es la abre a la existencia. Con lo que venía a decir que la rosa es un absoluto, y que si es por amor nacida, esa rosa es aún más que el absoluto, es el símbolo de nuestra vida temporal. Pero que, al mismo tiempo, ese amor, en el que fue engendrada e ideada por el demiurgo, la convierte en eterna. Con lo que deja de ser nuestra vida temporal, para convertirse en aquello con lo que comienza el poema: la luz. ¿Y no es a veces un presagio la poesía? ¿Y los últimos versos que se escriben en este mundo no podrían ser ese presagio realizado, ya cumplido? Pues yo no tengo otra manera de calificar la obra de este gran hombre y maravilloso poeta que diciéndolo bien claro: fue rosa abierta y cincelada a fuerza de sentir el amor más grande hacia la vida.

Ámbitos siderales posee un soneto extraordinario (“Del amor y la palabra”), donde nombre se rima con hombre (como es imposible no hacerlo), y donde lodo con todo, lo que sí era evitable si el poeta hubiera querido decir otra cosa; pero no, lodo se refiere a sufrimiento, y todo, a lo que queda dentro de un abrazo. A este poema sigue una apenas canción, en cuyos cuatro versos se ora a Dios pidiéndole los “Cuatro dones” (así se titula) más entrañados dentro de sí: la paz, la rubia mirada, la fuerza madura y la brisa nevada. La paz es la de la fuente escondida, la mirada la de los finos trigales, la fuerza, la de los pinos de otoño, la brisa, la de los lirios de abril. Fuente escondida, invierno; los trigales, estío, los pinos de otoño y los lirios, primavera: las cuatro estaciones, y los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, por este orden. De manera que “la brisa nevada de los lirios de abril”. En su penúltima carta que recibí, de 11 de abril de 1991, me dice: “no me faltan flores que me las pone Nicomedes, y Rosaura también me trae hermosos ramos de lirios de su huerto”. La brisa nevada de los lirios de abril, para un granadino es, lo que el verso dice, más Dios. Que es Sierra Nevada, allá arriba siempre en lo alto, blanca y eterna.

Porque su Dios estaba hecho de cosas de la tierra, como el pan y el vino, pero también de fulgor inalcanzable. Sigue el libro con un soneto a uno de los momentos bíblicos más apasionantes y misteriosos,la Anunciacióndel arcángel Gabriel ala MadreDivina, y posteriormente un villancico, donde María muestra el pecho como ramo de alhelí. Tras él, una nana. Cuánto, de verdad, sentía la infancia nuestro don Juan. Era tan vehemente en esto que parecía una madre, también. A él se le ponía pátina en los ojos cuando nos hablaba de su infancia misma, y todos intuíamos que su madre, para él, había sido el puro temblor de su vida. Tanto el villancico como la nana unen a la sencillez más transida la palpitación del amor no realizado.

 “En carne viva” es un soneto escrito, me parece a mí, por sano influjo de Sebastián Urbano Baena, cura del cementerio, nacido en La Malahá, que escribía sus versos místicos en un libro de registro de difuntos, pero no por morbosidad, porque el tal libro no había llegado a utilizarse, sino porque le tomó apego por su textura, tamaño y disposición de márgenes y renglones. Lo llevaba siempre en una bolsa de plástico, para apuntar, a lápiz como solía, los versos que se le iban ocurriendo, fuera por donde fuese. Tal vez muchos le recuerden: solía esperar en la esquina derecha de cuesta Gomérez en plaza Nueva a que alguien que subía le montase para evitar tanta cuesta. Parecía un san Bruno. Su Cántico eucarístico, para el que pedía consejos a don Juan continuamente, fue también un libro póstumo, y además inconcluso, y he de decir lo que le dije a don Juan Gutiérrez un día, y él me miraba como sabía hacerlo: con una cierta sorna en la sonrisa y unos ojos tras las lentes, leyéndote el pensamiento, por lo cual era imposible mentirle. Y lo que le dije fue que contenía, el libro de aquel humildísimo y en gracia Sebastián, dos, al menos dos, de los sonetos místicos más bellamente escritos en aquel siglo, en nuestra lengua. Él estuvo de acuerdo. ¿Por qué lo sé? Porque se los sabía de memoria, esos dos y otros.

Otro villancico, más estilizado éste y convencional, y un magnífico soneto (“Y en la espiga, el Señor”), dedicado a Fernando de Villena, que es quien nos introdujo a la amistad de don Juan a los demás, encomiándonos su portentoso oído, su erudición, y lo bien que acogía en su casita del hospital del Pretorio, del que era capellán de ancianos, más una oda también al Santísimo Sacramento, más otros dos poemas, uno escrito en son de epístola a su amigo, el también sacerdote y poeta Juan Gregorio, y otro en verso libre, torrencial en extensión, acerca del sufrimiento de los pueblos de África, cierran el libro, que concluye, en efecto, con el ya referido del beso de fuego que abrió la rosa, “Sonata bíblica”.  

Este sufrimiento ajeno era el hondón de su pena, y también, por qué no decirlo, su sufrimiento ante Dios, en una tensión constante por haber de aceptarlo, el dolor ajeno, sin menoscabo de su amor y su fe. Yo no sé si él confiaba mucho o poco en el ser humano. De hecho, se repite una amargura muy intensa en relación a los hombres. No hay más que irse a libros como Sombra penúltima para percibir cierta desolación, y sin embargo, no deja de ser solidaria: “Somos cieno de ti. Tuyos, tan tuyos… / Por eso te decimos Padre nuestro”. Pues en esto del dolor siempre fue uno más.

Miraba así, tras sus gruesas gafas con montura sólida, pero era al sonreír, con aquel punto amablemente irónico, donde se veía al niño que fue y al hombre de las Alpujarras que era, pues a su candor y benevolencia, unía el regusto de las palabras del campo y los dichos castizos, con rotundidad de una piedra en el pozo. Las gafas tenían la manía de deslizársele por la nariz, apeándose de una callosidad que el uso había formado en ambos lados del caballete. Y se las aupaba con una leve sacudida, que valía para poco en vistas de la obstinación de las gafas por dejar libres aquellos ojos bien observadores y sabios de todas las penurias y acechanzas del alma.

Yo siento ahora una emoción bien extraña al escribir, casi medio siglo después de emprendido con su “Antemural”, y dieciocho tras que se publicase, este primer y hasta ahora único comentario del libro que nos ocupa. Verdaderamente la posteridad tiene caprichos incomprensibles, si no fuera por el confinamiento y silencio, cuando no exclusión y postergación, que aguardaba a su obra por los prejuicios ideológicos en los que son encastillados las personas que no son domesticables, orgullosos de ser libres, porque sí.

La última vez que le vi fue en Virgen de las Nieves, yo creo que pocos días o semanas antes de su muerte, que fue el 27 de abril de 1994, un año después de impresa su obra completa en verso (Entre asombros y gozos, la Palabra) por Ángel Moyano. Estaba en una habitación al fondo de un largo pasillo de la tercera planta. Muy solo. Morir, murió en brazos de su hermana Ana, pero no en la fría e inhóspita dependencia hospitalaria, sino en la casa sacerdotal de la placeta de Gracia. Allí era todo tan distendido y cordial, que una vez que estuve allí, con anterioridad a que lo ingresaran en el hospital Virgen de las Nieves, me salió a abrir el propio arzobispo, monseñor Méndez.

Yo no recuerdo qué le dije, si es que le dije algo de alguna enjundia, además de sentarme con él en una silla que quedaba baja respecto del camastro de ruedas. Creo que sí, que estuve en silencio y que tomé una de sus manos. Me lo agradeció mucho, él era tan agradecido como lo son los campesinos dela Alpujarra, que se alegran mucho de ver a la gente porque normalmente van solos por aquellos caminos. Me lo agradeció, pero yo me di cuenta de que quería estar solo. Y lo supe porque miraba mucho hacia la ventana, por donde entraba un sol radiante. Y su mirada, mirándolo, aquel sol alegre y mañanero, era una mirada con sed. Sed de amor y de belleza, que es lo que siente todo moribundo en paz, si además es poeta. Era abril. Cuando el beso de fuego abre las rosas. ¡Abril con su brisa nevada de lirios, cuando murió! Tal vez, entonces sí, supo que abril seguía por toda la eternidad.

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Publicado inicialmente en Pliegos de Alborán, nº 26, abril 2011

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