Juan Gutiérrez Padial, en mi recuerdo

Por Fernando de Villena

Si yo estaba llamado para las letras y las artes, díganlo hechos como haber recibido las aguas bautismales de manos de un notable escritor y la comunión primera de las manos de un excelente músico. El buen sacerdote que me sacó del innato pecado, supo, andando los años, lustrar mis juveniles rimas. Llamábase Juan Gutiérrez Padial y era canónigo de la metropolitana; un canónigo de los de antes, que gustaba andar haldeando su sotana ribeteada en púrpura por todas las librerías de la ciudad y aun por los mentideros poéticos. Malicioso y astuto, su aceradísima lengua llegó a ser temida de cuantos usaban la pluma. Por ello y por su corpulencia más que notable (discurseaba con igual fruición acerca de un pasaje difícil de Lucano que de los ingredientes necesarios para un puchero de hinojos) era respetado en Granada no menos que los alcaldes en tiempos de la dictadura. En la época en que dio a la estampa sus primeros versos –esos años cuarenta y cincuenta tan insípidos para las letras españolas- esta provinciana ciudad vivía poco menos que de quimeras.

En cierta ocasión, un librero poeta de Granada le pidió ejemplares de sus poemarios para una exposición bibliográfica. Apenas inaugurada ésta en el Hospital Real, se presentó el buen canónigo a ver el lugar que ocupaban sus obras, mas, como no aparecieran por parte alguna, al día siguiente, muy de mañana, fue a la librería del dicho escritor y, bastón en mano, lo zarandeó llamándole mil “lindezas” que no son para reproducidas aquí. A algunos del grupo de “La nueva sentimentalidad” tildaba de “gallinazas” y de cierto poeta granadino de su generación decía: “sus libros sólo han de servir para envolver los míos”.

Vivía don Juan Gutiérrez Padial en un ámbito harto propicio para la creación poética. El hospital del Refugio, un asilo de ancianos rodeado de jardines ubérrimos y apacibles huertos, se alzaba (aún hoy existe, pero muy menguado de terreno) al otro lado del Genil, cerca de los Escolapios, en lo que entonces eran las afueras de Granada. Era un lugar admirable, desde donde se podía contemplar la atardeciente luz rosácea y suavísima retirarse por los verdes tapetes de la vega donde otrora lidiaron árabes y cristianos y por aquel gris Montevive que tantas veces aparece en los fondos misteriosos de los lienzos de Alonso Cano.

El poeta, como capellán del hospital, sin más obligación que su misa diaria y alguna que otra intempestiva llamada para administrar la unción última a cualquier enfermo, habitaba una pequeña casita que parecía de cuento, con su porche, su jardín y su huerto particulares. El poeta Juan Jesús León recordaba haberlo encontrado una tarde en las ramas de una higuera recogiendo los frutos y yo mismo lo vi mancajar como un gañán en más de una ocasión. Había sido militar antes que fraile y estaba hecho a todo.

En el interior de la casa, a manderecha, la sala de recibo, con sus tallas nobles, sus cuadros del siglo XVII, un retrato del escritor, el piano y el gran espejo sobre la consola. A la izquierda, el cuartito de estar: alegre e íntimo, decorado con frutos de la estación, con jarapas alpujarreñas y cobres populares, una guitarra y jilgueros en sus jaulas. Arriba, ¡la biblioteca!

¡Cuántas veces en aquel marco asombroso me leyó sus versos o su prosa viril y llena de musicalidad! ¡Cuántas veces su doméstica, la dulce y fiel María Luisa, nos sirvió allí una opípara merienda!

Aquel jardín abierto para pocos, aquella amable casita, fueron, en pocos años, cercados por disformes edificios. Un día, don Juan, enfermo, tuvo que irse a una fría residencia sacerdotal… Así son las cosas.

Era don Juan un pozo de anécdotas y, aun a riesgo de resultar prolijo, voy a narrar ahora una de ellas. Iba cierta mañana el buen canónigo a cumplir con su labor de chantre en la catedral y se encontró en la plaza de Alonso Cano de esta ciudad de Granada con una viejuca que dejaba atrás los ochenta y aun frisaría  los noventa, arrodillada y orando muy piadosamente ante la estatua del gran escultor. Compadecido de su equívoco, se le acercó y, explicándole que el racionero, y por consiguiente su estatua, no era ni representaba santo alguno de la corte celestial, instóle a levantarse. Mas todo fue en vano, pues la pintoresca beata, volviéndose un tanto, le repuso: -Pues a mí me hace mis milagricos.

Fue don Juan escritor en verso y en prosa. Su primer libro fue el poemario “Salterio gitano”, publicado en 1948. Se trata de un romancero donde los ecos de Lope y Góngora alternan con la influencia lorquiana. La obra fue muy del gusto de algunos de los “grandes”  del momento como José María Pemán y José Carlos de Luna. El léxico, preciso y rico, une las expresiones populares e incluso los términos del caló con el primor de la prosa de Gabriel Miró. Nos hallamos ante una obra un poco en la órbita del “Retablo sacro del nacimiento de Nuestro Señor” de Luis Rosales.

Largo paréntesis y, diez años después, aparece “A contratierra”, libro intimista e intenso donde los pequeños poemas en prosa nos llevan a pensar en Juan Ramón Jiménez o también en algunas prosas líricas de Rosales.

Del año 1966 es “Debajo del silencio”, acaso la obra más profunda y conseguida de Gutiérrez Padial. El tono existencial  impregna los soberbios sonetos y los poemas todos del libro. En algunas composiciones, empero, como en la “Canción elemental”, sentimos que el autor se mueve en un territorio próximo al del poema  “Espacio” o a los versos de “Dios deseado y deseante” de Juan Ramón.

“Sombra penúltima” (1980), la siguiente aventura poética del autor, es un llameante alegato contra los males de este mundo que –como decía Gracián- mejor llamárase inmundo. El tremendismo de los poemas donde se perciben algunas huellas de Aleixandre y de Dámaso, ocasiona un empobrecimiento voluntario del lenguaje. Contra ello reacciona el poeta en su siguiente título, “Bajo el signo del estro” (1983), donde encontramos de nuevo a un Gutiérrez Padial en busca de lo bello, con atrevidas metáforas, con ejemplos magníficos de metapoesía, con algunas composiciones dedicadas a Granada y otras muchas que cantan a la naturaleza.

Finalmente, al agrupar su poesía en el gran volumen “Entre asombros y gozos, la palabra”, el autor incluyó un libro inédito, “Ámbitos siderales”, donde se hallan sus más delicados poemas, esos bellísimos sonetos religiosos y esos perfectos villancicos que lo emparentan una vez más con nuestros clásicos de los siglos de Oro. El maestro Juan Alfonso García ha musicado con verdadero acierto  algunos de estos poemas.

Respecto a su obra en prosa, además de llevar a cabo una edición del libro “Olvidos de Granada”  de Juan Ramón Jiménez con un hermosísimo prólogo, se resume en un único título total e indefinible, uno de esos casos que muy de cuando en cuando  nos ofrece la literatura española en los que, desbordando los géneros y aupándose en la mejor tradición, surge la obra maestra. “Lanjarón. Historia y tradición” es el libro de una vida, una vida que se va recuperando y desvelando con una fuerza parasísmica, con la elegancia poética y el gracejo de un verdadero artista, con todo ese amor que las personas sensibles profesan a un mundo que se ha perdido para siempre. Pero además nos encontramos con un tesoro etnológico, un archivo de cuentos, un rosario de tipos y caracteres y una fuente vivísima de poesía –en prosa y verso-. Extraordinario es el acervo de cultura popular –cantos, tradiciones, etc.- que el autor rescata del olvido y extraordinario también el bagaje erudito con el que acomete la obra. El lenguaje, lleno de expresividad, colorido y riqueza léxica con propensión al neologismo, raya en lo barroco y contribuye a dar al texto un tono a la vez viril y lleno de engastes de sutilísima imaginería.

Dos son los pilares sobre los que se asienta la fábrica del libro: la cíclica naturaleza, pasionalmente descrita con una exuberancia que se corresponde bien con su prosa, y la religión católica, sentida con encendido cariño y, al mismo tiempo, gustada por lo que de refugio del arte y de las galas tiene. Y quiero terminar señalando esa bellísima melancolía que subyace en el centro mismo del alud de vida y jocundia que la obra representa. Dice el autor:

“¿Quién sobrevive a la jornada aquélla, sobre la qué tantos otoños vaciaron su fardel de hojas amarillas? Aquí y ahora yo, amamantado de soledades, testigo excepcional del formidable arrasamiento, lijando recuerdos con el frotador aspérrimo de todas las nostalgias”.

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Palabras pronunciadas en la Academia de Buenas Letras, de Granada, en acto conmemorativo del poeta habido el día 14 de marzo de 2011.

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