Titulando un libro de versos

Tuve en gran estima el conversar con el canónigo Gutiérrez Padial, del cabildo de Granada y buen poeta. Como igualmente recuerdo lo cabal de su profesión de fe –en Cristo, en primer lugar, y en segundo en la poesía. En cuanto a esto, conservo en la memoria un gesto al dictar este consejo: que el escritor debe procurar que un poema de su mano nunca sufra la orfandad de un título adecuado. Aunque cualquiera que haya leído mis versos colegirá que no anduve muy obediente a la observación que he dicho. Y ello seguramente también por un motivo que el lector aún no sospecha: porque mi juventud de entonces no entendía que pudiera producirse un título sin que hubiera una razón expresable y contundente que lo unciera a esos versos. Un prurito que la necesidad me obligó a obviar –y me enseñó- cuando tuve que titular cada una de mis obras: pues no hay en ese frontispicio otra cosa que sugestión intuida, o invitación persuasiva más allá de los umbrales.

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Algunas palabras del cura Padial

El cura Gutiérrez Padial, poeta recio y hombre entero, en la soledad que sus años avanzaban lo decía: cuando vengo a reparar, veo que los días se me pasan conversando con los muertos. Lo decía desde aquella soledad amontonada de sus años, con la lucidez que sus enfermedades proyectaban en el gesto y el hablar –en sus palabras. Lo escribo cuando hoy, en la cercanía y el paseo de las calles, algunos edificios los he visto revestidos de un amor y de una sombra -prodigando la presencia de quien hubo dentro de ellos su morada. Con su rostro y su voz –reconocibles y ausentes. Singulares.

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Las manos de Manuel de Falla

Por Juan Gregorio Avilés

De los bosques de La Alhambra, se baja al Campo del Príncipe por la calle Antequeruela. En cuya acera, bajando, de la izquierda se halla el carmen que fuera de Manuel de Falla –tiempo ha, casa-museo. Su carmen –esa casa tan aire de Granada, con terraza lateral ajardinada de arriates y bancos a la sombra, blanquísimas paredes –por de dentro y por afuera- y dos alturas. Recodo de la calle abajo, la iglesia de San Cecilio –donde el maestro pulsara el órgano en la misa vespertina. Lo pulsara con sus manos –quemadas como estaban del alcohol, con el que el músico las frotaba tras cada estrechamiento de otras manos, aprensivo, hipocondríaco tal era –Gutiérrez Padial me relataba, escritor de la posguerra, en su carmen del capellán, hospital granadino del Refugio.

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Coplilla -por un canónigo

Por Juan Gregorio Avilés

De la catedral granadina que lo era. Socarrón porque culto –y bueno con los amigos. En conversación privada, satirizaba en ocasión -y reía. Recitó una coplilla, cuyo origen al pueblo lo achacaba:

Las monjas en el coro

están cantando:

‘tantas hermanas solas,

sin un hermano.’

Y el estribillo:

‘Quién hará chocolate

sin molinillo.’

No guardaba silencio después, no lo guardaba. Reía con franqueza e intención. Y sin malicia.

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Nicomedes

Por Juan Gregorio Avilés

Cuando hice amistad con don Juan Gutiérrez, lo atendía ya Nicomedes –entonces, su asistenta. Mantenían ambos un trato a la vez distante y confianzudo. Como obligando con los modos a un respeto y unas formas que su trato permitiría menos alambicados. En El Refugio, Nicomedes atendía las tareas de la casa, cumplía solícita con las indicaciones que don Juan le realizaba. Cuando don Juan, con visitas y allegados, hablaba de escritores granadinos y de versos, Nicomedes tomaba –a media distancia- asiento. Escuchaba con gesto distraído, tal si en el tema no se hallara. Mucho después, ya en la residencia sacerdotal de la granadina Plaza de Gracia, Nicomedes prestaba sobre todo compañía. Preparaba los libros y utillaje de la misa, sobre la mesa camilla en la que don Juan –casi impedido- diariamente celebraba. El final de su vida fue para don Juan momento de grandísima congoja. La única vez que lo vi romper –fugaz e imperceptible, y silenciado al instante- un jipío angustiado de su pena.

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