Algunas palabras del cura Padial

El cura Gutiérrez Padial, poeta recio y hombre entero, en la soledad que sus años avanzaban lo decía: cuando vengo a reparar, veo que los días se me pasan conversando con los muertos. Lo decía desde aquella soledad amontonada de sus años, con la lucidez que sus enfermedades proyectaban en el gesto y el hablar –en sus palabras. Lo escribo cuando hoy, en la cercanía y el paseo de las calles, algunos edificios los he visto revestidos de un amor y de una sombra -prodigando la presencia de quien hubo dentro de ellos su morada. Con su rostro y su voz –reconocibles y ausentes. Singulares.

©

Las manos de Manuel de Falla

Por Juan Gregorio Avilés

De los bosques de La Alhambra, se baja al Campo del Príncipe por la calle Antequeruela. En cuya acera, bajando, de la izquierda se halla el carmen que fuera de Manuel de Falla –tiempo ha, casa-museo. Su carmen –esa casa tan aire de Granada, con terraza lateral ajardinada de arriates y bancos a la sombra, blanquísimas paredes –por de dentro y por afuera- y dos alturas. Recodo de la calle abajo, la iglesia de San Cecilio –donde el maestro pulsara el órgano en la misa vespertina. Lo pulsara con sus manos –quemadas como estaban del alcohol, con el que el músico las frotaba tras cada estrechamiento de otras manos, aprensivo, hipocondríaco tal era –Gutiérrez Padial me relataba, escritor de la posguerra, en su carmen del capellán, hospital granadino del Refugio.

©

Coplilla -por un canónigo

Por Juan Gregorio Avilés

De la catedral granadina que lo era. Socarrón porque culto –y bueno con los amigos. En conversación privada, satirizaba en ocasión -y reía. Recitó una coplilla, cuyo origen al pueblo lo achacaba:

Las monjas en el coro

están cantando:

‘tantas hermanas solas,

sin un hermano.’

Y el estribillo:

‘Quién hará chocolate

sin molinillo.’

No guardaba silencio después, no lo guardaba. Reía con franqueza e intención. Y sin malicia.

©

Nicomedes

Por Juan Gregorio Avilés

Cuando hice amistad con don Juan Gutiérrez, lo atendía ya Nicomedes –entonces, su asistenta. Mantenían ambos un trato a la vez distante y confianzudo. Como obligando con los modos a un respeto y unas formas que su trato permitiría menos alambicados. En El Refugio, Nicomedes atendía las tareas de la casa, cumplía solícita con las indicaciones que don Juan le realizaba. Cuando don Juan, con visitas y allegados, hablaba de escritores granadinos y de versos, Nicomedes tomaba –a media distancia- asiento. Escuchaba con gesto distraído, tal si en el tema no se hallara. Mucho después, ya en la residencia sacerdotal de la granadina Plaza de Gracia, Nicomedes prestaba sobre todo compañía. Preparaba los libros y utillaje de la misa, sobre la mesa camilla en la que don Juan –casi impedido- diariamente celebraba. El final de su vida fue para don Juan momento de grandísima congoja. La única vez que lo vi romper –fugaz e imperceptible, y silenciado al instante- un jipío angustiado de su pena.

©

Con Ángel Ganivet, en los versos

Por Juan Gregorio Avilés

En la residencia sacerdotal de Plaza de Gracia, de Granada, en el apartamento que ocupa Gutiérrez Padial. Sentado en su mesa de camilla, enfermo, sotana abotonada hasta casi el cuello. Sillones verticales, antiguos de madera, almohadillados en tejido con aire alpujarreño, traídos de su anterior casa de El Refugio. Le recito un soneto de Ángel Ganivet, sin declarar el autor. Escucha ensimismado. Como, en arpegio de tragedia y belleza, conmovido en sus adentros. Replica al final del recitado: de alguno de la cofradía del Avellano, ¿verdad?

LOS GRAJOS

Bajo este cielo pródigo en colores,

en esta vega diáfana, encendida,

dejemos –noble amigo- nuestra vida

pasar, gozando los tardíos amores.

Huyamos los estériles honores,

y sea nuestra gloria no fingida

la rústica beldad en la escondida

quietud de un huerto en paz, entre las flores.

Así dije y mi amigo, contemplando

una nube de grajos en el cielo,

me contestó con sentenciosa calma:

Tarde nos llega el amoroso anhelo.

Esa nube algo muerto está rondando,

y quizá esté lo muerto en nuestra alma.

©

En la colección “Zumaya”

Para quienes gusten de datos nimios quizás -casi olvidados tal vez-, pero que jalonan un tiempo, una época y una historia, reproduzco a continuación una nota aparecida en la cuarta página del diario Ideal, de Granada, el día 17 de diciembre de 1980:

            Presentación de nuevos volúmenes de la colección “Zumaya”, de la Universidad

GRANADA. (De la Redacción de IDEAL.)-Mañana, jueves, a las 7,30 de la tarde, en el salón de Caballeros Veinticuatro del Palacio de la Madraza, serán presentados los nuevos volúmenes de la colección “Zumaya”, de la Universidad, en su nueva etapa. Los seis títulos que se acaban de publicar corresponden a la segunda edición de “Sólo de hombre”, de José García Ladrón de Guevara; “Penúltimas palabras”, de Tomás Ramos; “Amante de Gacela”, de José Lupiáñez; “20 poemas risueños”, de Rafael Guillén; “Ya eres dueño del puente de Brooklin”, de Luis García, que fue premio “García Lorca” para estudiantes en 1979 y “Sombra penúltima”, de Juan Gutiérrez Padial.

En el anverso de esta hoja, página 3, comparte papel un artículo titulado “Estrenar decadencia (y II)”, firmado por Octavio Paz.

©

José Heredia Maya

Por Juan Gregorio Avilés

Pepe Heredia era poeta de sensibilidad fina, y hombre bueno. Para mí, era todavía más: amigo, y maestro en los versos. Nos presentó un conocido común, un sevillano en tránsito por la capital nazarí. Nuestro primer encuentro, en el ya desaparecido bar Síbari, que estaba en Plaza Nueva. Algún día después, en su casa del Albaicín. Yo le mostraba versos míos juveniles, él los leía –respeto, gusto, magisterio y discreción. Maestro en los versos durante mis años granadinos, y maestro –para siempre- en la amistad. En una ocasión me dijo ‘yo también tuve un maestro’. Después me nombró a Juan Gutiérrez Padial. Cuando esto sucedió, ya frecuentaba yo el Hospital del Refugio, y la amistad y acogida de don Juan Gutiérrez. En una ocasión, lo visitamos juntamente Pepe y yo en la casa del capellán. Sentí que aquella tarde de primavera, y entre celindas del huerto, acontecía una historia perdurable y pasajera. Como corresponde a la belleza. Instante de luz transitoria, como acaeciendo –por una insinuación gozosa- una poética verdad.

©